POSTALES DE ANDAR EXTREMEÑO
[de TRIBUNA EXTREMEÑA
diario HOY, 25 de Septiembre de 2004]

ISABEL MARÍA PÉREZ

    Recuerdo la tarde del 25 de julio de 1993 cuando vinieron a buscarme al banco de madera que hay en el patio de Santa Marta, junto a la mata de geranios rojos. Ya sacan a tu padre, me avisaron. Al salir ví a un grupo de hombres jóvenes que alzaba a hombros el féretro de Fernando Pérez Marqués, mi padre. Eran sus alumnos, mis discípulos, decía él con el viejo léxico de la pedagogía humanista. Poco después llegaron unos amigos y no hallaron a quien preguntar por nuestra casa. El pueblo estaba vacío. Fueron caminando hasta la iglesia y vieron allí al vecindario congregado. Nos pareció un funeral interclasista, me dijeron: labradores acomodados, menestrales y comerciantes o empleados que habían pasado por el viejo aulario de los altos del casino, compartían banco con peones que al destocarse en la penumbra de la iglesia ostentaban el blanco cerco de la boina o la calva afinada por el sudor, como figuras de Nacimiento. Sí, un funeral interclasista, el funeral de un maestro. Muchos nos acompañaron por el camino del cementerio, entre los rojos campos “embarbascados de rastrojos, viñedos y olivares”. Lo recordaba así Julio Cienfuegos, en íntima elegía que no llegó a publicar. También Bernardo V. Carande, en “La voz del sesmo”. Y tantos otros que allí estuvieron aliviando ese momento terrible en el que las hiladas de ladrillo van confirmando, casi siempre con innoble indiferencia, el abismo entre la vida y la muerte. Y fue en aquel instante cuando de entre los congregados se adelantó un hombre joven para subirse al tingladillo que habían montado los enterradores. Cogió de sus manos el badilejo para lucir con respetuoso esmero el desmañado tabicón. Tomó luego aliento, se sorbió una lágrima y dibujó una cruz perfecta con las aplomadas líneas que el maestro les había enseñado a trazar en el encerado de la escuela: la obra bien hecha, siempre la obra bien hecha.
    Tras la muerte de Fernando Pérez Marqués se sucedieron los homenajes, homenajes al maestro y también, claro está, al hombre de letras, al escritor. Cartas y esquelas en el periódico, el número extraordinario de la Revista de Estudios Extremeños, de la que había sido secretario durante años (con los trabajos de sus redactores, entre otros el extenso y minucioso estudio bio-bibliográfico que le dedicó el profesor Miguel Ángel Lama), el discurso de Pedro de Lorenzo en la sede del círculo extremeño de la Gran Vía madrileña, y sobre todo el significado gesto del Ayuntamiento de Santa Marta: con el acuerdo unánime de todos los grupos políticos, recibió nombramiento de “hijo adoptivo” del pueblo y rótulo con su nombre a la calle en la que tenía su casa. Cuentan que algún jefe político foráneo requirió explicaciones a uno de ellos por haber quitado el nombre de Calvo Sotelo a una calle de Santa Marta, y he aquí la bella y sabia respuesta: no se la hemos quitado a Calvo Sotelo, se la hemos dado a don Fernando, el maestro.
    Fue por entonces también cuando una entidad de crédito solicitó permiso para publicar un original depositado en sus servicios culturales: una colección de artículos que Fernando Pérez Marqués había ido publicando el diario Hoy de Badajoz y ABC de Madrid bajo el rótulo de Postales de andar extremeño. Naturalmente, cedimos gustosos nuestros derechos y el libro se publicó con un hermoso prólogo de Santiago Castelo. Pero lamentablemente la edición sólo discurrió como regalo de empresa entre los impositores. No tuvo distribución pública y muchos interesados, me consta, se quedaron sin leerlo. Por fortuna el próximo domingo podrán hacerlo, si lo adquieren con el diario Hoy a un precio casi simbólico. La circunstancia la ha brindado un político (no hace falta nombrarlo, me parece) que viene impulsando un plan regional de fomento de la lectura, y que ha tenido el buen acuerdo de responder a una iniciativa de este periódico proponiendo la edición de unos escogidos libros de viajes, empresa que ha corrido a cargo de varias editoriales públicas y privadas extremeñas. Del Oeste Ediciones, una de las participantes en el acuerdo, propuso la reedición de las Postales de andar extremeño de Fernando Pérez Marqués. Seguro que esta vez el libro llegará a todos sus destinatarios, bellamente diseñado por Ángel Campos, cuidadosamente impreso por Pedro Almoarí. Mis hermanos y yo quisiéramos agradecerlo a todos aquellos que lo han hecho posible. También a quienes en los últimos tiempos contribuyeron a revitalizar la memoria de mi padre: a la asociación Vicente Rollano de San Vicente, que reeditó otro de sus libros (El alcornoque y el corcho), a Julián Rodríguez que lo comparó con Sciascia (el de Las parroquias de Regalpetra, claro está) en el homenaje de la Económica y a todos los demás que participaron esta primavera en aquel emotivo acto, a Antonio Franco que le dio un lugar en la gran exposición de Ortega Muñoz, paisano y amigo de mi padre, a Luis Sáez, que ha sabido leerlo en clave actual, a pesar de no estar a la hora de Paul Morand, a Álvaro Valverde que lo trajo hace unos días a estas mismas páginas, a todos, en fin, los que han seguido leyendo y demandando la publicación de sus textos.
    Una obra como la suya, dispersa en su mayoría, tiende a disolverse en el olvido. Uno de mis hermanos escribía a este propósito: “y es posiblemente esta fidelidad obstinada para con un género como el del artículo periodístico, la que hará muy pronto de este autor, si nadie lo remedia, uno de esos clásicos olvidados, de esos escritores cuyas secretas voces sólo alcanzan a ser escuchadas por los zahoríes literarios o los espíritus muy afines de las generaciones venideras”. La edición masiva de esta selección de artículos viajeros y la potente distribución que le habrá de proporcionar el decano de la prensa extremeña, quizá corrija estos malos augurios.