POSTALES DE ANDAR EXTREMEÑO
[ Por Mercedes Martínez Esperilla
 publicado en la sección VIVIR CULTURA
del diario HOY, 25 de Septiembre de 2004]
 

    El destino de los libros de viajes  no es que nos preparen el el camino o la maleta (por muy odiosa que sea esta tarea), sino que nos lleven. Podría ser adentro de las páginas - a muchos nos seduce encharcarnos los pies en letras y estirarnos para pasar entre línea y línea -; pero me refiero a las calles de las ciudades visitadas, a sentarnos debajo de la higuera elegida cuando nos venza el calor; a mirar, a hablar con María, Joao o Einar, a pillarnos el dedo con la puerta de la iglesia porque no la esperábamos tan pesada.
    Y eso es lo que logra Fernando Pérez Marqués (1919-1993) en sus Postales de andar extremeño. Cuando pasea por Barcarrota, Azuaga, Calera de León o Jerez de los Caballeros se llama a sí mismo en segunda persona : entras y observas a tu derecha, y encuentras ... Y en ese tú se cuela, irremediablemente, el lector; al que no hay que explicarle el aquí, porque lo pisa igual.
    El escritor y maestro de san Vicente de Alcántara recorre una treintena de pueblos de la provincia de Badajoz haciendo visitable su conocimiento de la historia, geografía, botánica, palabras, colores y aires  de esta tierra. Con todo ello pinta sus postales en un lenguaje modernista (los adjetivos terminan por devorar a los elementos calificados), sonoro y cargado del afecto a lo que ve y toca.
    Es ese cariño el que hace que se impregne de extremeñismo el andar. Se aprecia la emoción y el orgullo sentido ante las variedades paisajísticas, los monumentos, las producciones propias, las voces intransferibles, el tipicismo de vestimentas y costumbres. Cuando le deja una casa o una iglesia, aprovecha para contar aspectos de su arquitectura, de la historia que la explica, de los escudos fundadores, de los nombres propios que se leen en su dibujo, de los personajes ilustres o ilustrados que pasaron por delante de su puerta. Vaivén de pasados y presentes son el mismo hilo.
    Pero no sólo levanta erudiciones de fechas y arquivoltas, sino también pequeñas casas encaladas, cuestas adoquinadas y arroyos casi secos.
    Así mismo, junto a los pintores, escritores, historiadores, conquistadores, nobles y demás extremeños  trascendidos, aparecen otros a los que se puede oír, a  los que se les puede preguntar por dónde se llega a la plaza del pueblo.
    Y es que, a pesar de la ensoñación e idealización de la mirada, se hace imprescindible la materialización del paso. Por eso cada retrato comienza con las indicaciones precisas (carreteras, sierras, señales incluso) para llegar a él. Y por eso también, las poblaciones escogidas son agrupadas con coherencia espacial, por la proximidad de unas a otras. No es un recorrido marcado, pero facilita la amplitud de la visión y dificulta la pé