| |
TUVE UNA VEZ ... UN MAESTRO
Corría el año de
1.959 cuando llegué a su escuela... El año 1.962, cuando con el
certificado de Estudios Primarios bajo el brazo, la abandoné.
Fueron tres años intensos
de estudio y de trabajo, el maestro tenía carácter y nos obligaba
con su autoridad a aprender día tras día, se volcaba con
entusiasmo y rectitud sobre nosotros, ¡cuántos éramos! Bravo,
Albandor, Marroquín, Sanabria, León, Trejo, Corbacho, Carvajal,
Franganillo, Sánchez, López, Caro, y un largo etc., hasta el punto
de obligarnos a estudiar a deshora en los altos de su vivienda,
en los "atrojes". Mientras nosotros repasábamos una y otra
vez aquellos malditos quebrados, regla de tres,
a los reyes Godos, o los ríos y sus afluentes, él se entregaba
a repasar, a adentrarse en la Ilistoria, para así escribir sus
numerosos artículos y crónicas que hoy nos dan constancia
y fe de las diversas evoluciones que han marcado la época en los
distintos ámbitos.
Una vez abandoné la
escuela, perdí un poco el contacto con el maestro, entre otras
cosas, porque él se marchó a Badajoz a seguir enseñando. No obstante,
y dada mi profesión y de nuevo su regreso al pueblo, volvimos
a estar en contacto; me daba cuenta a pesar de los años transcurridos,
que para él seguía siendo Gamero, jamás emitió mi nombre de pila,
siempre el apellido. Recordábamos juntos en los
numerosos encuentros que teníamos la evolución tan enorme experimentada
con el paso de los años en los distintos compases y aspectos
de la vida.
Lo recuerdo algunas
mañanas de invierno enfundado en su gabardina y calada la boina
sobre sus sienes, solíamos coincidir en el Bar Cuatro Caminos
a tomar café y charlábamos de cosas, como por ejemplo del
tratar de conservar la arquitectura popular de nuestro pueblo.
Recuerdo una de esas mañanas en la cual me comentaba que se quedaba
sorprendido al ver la cantidad de chimeneas que esparcían sus
humos sobre los blancos tejados, yo le contestaba desde mis conocimientos,
que en Santa Marta se habían hecho muchas chimeneas en los últimos
tiempos, quizás porque la gente recordaba el agradable sabor del
pasado en el que la chimenea jugaba un papel muy importante en
el entorno familiar y, curiosamente, el maestro se mostraba de
acuerdo con su discípulo.
Nos despedíamos siempre
con un ¡Hasta luego, D. Fernando! ¡Adiós, Gamero!
Sirvan estas líneas
como recuerdo al Maestro D. Fernando Pérez Marqués.
Su ex-alumno Eduardo Gamero Rodríguez
Publicado en la REVISTA DE FERIAS 1994, de Santa Marta de los
Barros
|
|