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Escribí a la Real Academia de las Artes y las Letras de
Extremadura y su amable director, Santiago Castelo, en carta
escrita de su puño y letra, con tinta añil y trazo redondo
y elegante, tuvo a bien contestarme para reconocer que no
tenía noticia de que hubieran existido jamás coloquios históricos
en Zafra, que me referiría a los justamente famosos de Trujillo,
de cuyo nivel y exigencia todo el mundo hablaba... bien.
Uno de los asuntos sobre el que indagué con mayor interés
fue el referido al manuscrito de Acebo sobre los poetas
extremeños del Siglo de Oro. Es difícil saber en qué estado
dejó sus investigaciones, si muy avanzadas o no. Aunque
él las da por abandonadas -bien por su propia incapacidad,
bien por lo inabarcable del empeño-, ignoraba si envió el
texto definitivo a alguna editorial (me puse, eso sí, en
contacto, gracias también al académico, con el hijo de su
amigo, el tal Fernando Pérez, director de la Editora Regional
de Extremadura, que, sin ocultar su sorpresa, me confesó
su completa ignorancia acerca de ese «interesante asunto»,
fueron sus palabras) o si se presentó con él a alguna beca
o premio. Todo lo que sé (gracias, como digo, a la intervención
del director de la Academia), es que existe en el mercado
un libro, un grueso volumen de unas seiscientas páginas
pulcramente editado, cuyo título casi coincide, ah casualidad,
con el que Mauricio hubiera puesto al suyo: Los poetas extremeños
del Siglo de Oro del que es autor un tal Miguel Ángel Teijeiro,
a la sazón profesor de la Universidad de Extremadura, Premio
«Arias Montano» de la mencionada Academia, publicado en
Mérida, cosas del azar por la mencionada Editora Regional
en el año 1999. Luego entendí la sorna con que me trató
el Sr. Pérez, su ligera ironía y su vengadora, pero contagiosa,
sonrisita: supondría que yo era algún gracioso (acaso la
voz fingida de un amigo) o, tal vez, alguno de esos autores
a los que se les devuelve un original por cualquier causa
y, lejos de comprenderlo, inician sin perdón su particular
batalla contra el responsable de tan ominoso agravio. |