I
ALEGORÍA EN LA ESCUELA
[El maestro]
Nadie
esperaba a Fernando Pérez Marqués cuando el primero de septiembre
de 1942 se presentó en Santa Marta para tomar posesión de su plaza
de maestro. El alcalde estaba ausente y los obreros que adecentaban
las aulas no supieron darle razón del comienzo de las clases.
Aquella tarde escribió a sus padres: “Paréceme que ha causado
un tanto de extrañeza que haya llegado el día 1, señal de que
no se me echaba de menos”. Tenía entonces 23 años y una guerra
a sus espaldas. Todavía de calzón corto se había escapado de casa
el día de la toma de Badajoz por los nacionales, y de esa cruenta
jornada recordaba unos cadáveres apilados junto a las gradas de
la catedral y la chusma que subía por Afligidos hacia San Juan,
gritando: “¡a mangar, a mangar!”. Ni los unos ni los otros. Y
sin embargo hizo la guerra con los nacionales; voluntario primero,
antes de que lo llamaran a filas; alférez de complemento, después.
Llegó a redactar un diario de campaña, un cuaderno de hule negro
escrito con pulcra caligrafía y en el que es difícil rastrear
entusiasmos bélicos ni otras emociones que las provocadas por
la miseria en las trincheras o la muerte de un joven condiscípulo.
Luego, en los años que hubo de pasar en los cuarteles, la literatura
se le manifestó como un arma contra el tedio, y la practicó como
pudo y donde pudo. Si alguien consulta –suponiendo que se conserve-
la colección del semanario Ráfagas que publicaba el regimiento
de Infantería Argel nº 27, de guarnición en Cáceres, hallará las
prosas y los dudosos poemas que fue publicando con los seudónimos
Juan Soldado y Bachiller Fernán.
Como
otros muchos oficiales de complemento pudo hacer carrera en el
ejército, pero prefirió un empleo civil, eligió el de maestro
y así lo comunicó a sus padres: “Lo he pensado bien, y aunque
se gana menos, también es verdad que se gasta menos, de modo que
váyase una cosa por la otra”. En su debate particular entre las
armas y las letras, vencieron estas, si bien es cierto que con
las letras –con la enseñanza de las primeras letras, queremos
decir- durante los años de la dura posguerra, todo se echaba en
duelos y quebrantos. Por lo demás, el magisterio también tenía
sus servidumbres en el Nuevo Estado y con alguna de ellas no dejó
de expresar el recién estrenado maestro su irónica disidencia:
“Como era de esperar y de temer –se lamentaba en una de las cartas
enviadas a sus padres desde Santa Marta- me han endosado el cargo
de Delegado del Frente de Juventudes, que está durmiendo el sueño
de lo inexistente, y no pienso despertarlo...”
Ni adhesión inquebrantable
ni desafección, sólo matices de disidencia. Matices, eso sí, tan
significativos en aquellos años como la íntima celebración en
el hogar paterno de los triunfos de los ejércitos Aliados frente
a las potencias del Eje. Y sobre todo voluntarismo, individualismo
ético y mucho voluntarismo. Voluntarismo del viejo cuño regeneracionista:
pan y escuela. Y si no pan, al menos una buena escuela: “La marcha
normal de la escuela aún no ha empezado –escribía a sus padres
apesadumbrado el 19 de septiembre- debido a que está completamente
limpia de material: no tiene Rayas, ni libros de lecturas,
ni de estudio; de pizarras anda poco más o menos, y así todo.
La matrícula ya se va sintiendo; tengo unos 37 chicos, todos muy
atrasados, por lo que tendré que trabajar de firme si quiero obtener
un minimum de rendimiento.”
Pero
de la escuela hubo de regresar de nuevo al cuartel, esta vez por
una movilización forzosa: la movilización del 42. Ahora ya de
teniente, primero en Cáceres -ya se ha dicho-, luego en la guarnición
de Badajoz y finalmente en el Campamento de Robledo en la Granja,
Segovia. Y allí de nuevo el dilema: seguir la carrera militar,
que se prometía rápida y fulgurante para los jóvenes oficiales
de milicias universitarias, o la vuelta, cuando fuese posible,
a una nueva escuela rural. Y eligió otra vez la escuela, pero
no en Santa Marta -su plaza allí tenía ahora otro propietario-
sino en Granja de Torrehermosa, allá en los confines de la provincia,
lejos de la casa paterna y lejos también ¡ay! de un nuevo afecto
que ahora le reclamaba en Santa Marta. Había conocido allí a una
joven, la que habría de ser su mujer, Celestina González, y vivía
desde entonces enamorado.
Su encuentro con ella podría parecernos
una página de Azorín, y quizá siempre lo fuese: Azorín en Santa
Marta. Durante sus primeros días en la villa el joven maestro
había hecho amistad con el cura párroco, don José, compañero suyo
de pensión, un hombre ilustrado y sensible, según lo que escribe
a sus padres: “Cuando me manden el tabaco, mándenme también un
libro de López Prudencio, titulado El bargueño de Saudades,
que tengo en el estalache de las novelas. Este libro lo quiere
leer don José el párroco”. El maestro se aficionó a pasear con
don José y en uno de estos recreos por las afueras vio subir camino
de la ermita a una joven vestida de blanco, casi una niña: Alba
Visión, la llamó en una de sus “prosas rimadas”. No le había dado
tiempo a establecer una relación formal antes de volver al cuartel,
pero en su mente había quedado ya, fijada para siempre, su imagen
de la mujer amada: una mujer real, que al propio tiempo parecía
–le parecía a él- un personaje femenino de Azorín. Para ella escribiría
poemas –“prosas rimadas”- y páginas sentimentales que fue publicando,
como ya se ha dicho, en el semanario del batallón. Pero a ella
dirigió también, andando el tiempo, cartas en las que expresaba
sin ambages –aquí sí- su profundo desafecto por la vida militar:
“Salte usted, corra, échese al suelo, dé voces hasta desgañitarse,
marque el paso, no se siente y tenga pocas horas de sueño, aguante
impertinencias de todo aquél que lleve más estrellas en la bocamanga
que en la suya, y está condensada la vida del mílite, es
decir, del “esclavo con uniforme”, según ha dicho alguien. Como
podrás observar por lo que antecede, no es de mi devoción esta
profesión que accidentalmente ejerzo”.
Por eso prefirió dejar definitivamente
el ejército y volver a la escuela. Y los años en Granja serían
duros, años aquellos que sirvieron para acuñar el chiste, terrible
y oprobioso, sobre el hambre del maestro. Pero en Granja halló
refugio de amistad y complicidades literarias en la casa de un
hombre singular, don Florentino de la Gala Pila. Paradójico y
excéntrico, don Florentino era una especie de doctor Thebussem
que sin salir de su pueblo se carteaba con medio mundo. Vivía
de noche, dormía de día, y usaba pantalones de golf para mayor
escarnio del vecindario, que no podía entender cómo un hombre
de su posición malgastaba tiempo y fortuna en las más inútiles
y peregrinas empresas. Suya era la editorial en la que Fernando
Pérez Marqués publicó -para sí y para sus íntimos, puesto que
no se imprimían los libros, sino que se mecanografiaban unas cuantas
copias- El alma trasvista (Alas veloces editor, Granja
de Torrehermosa, 1947), una colección de meditaciones y estampas
azorinianas.
El
tiempo que no le absorbían estos menudos quehaceres literarios
(su colaboración con una editorial ficticia -Alas veloces, ediciones,
meditaciones y hechos de nuestro tiempo- o en la no menos ficticia
revista La cuidadosa ojeada que don Florentino dactilografiaba
en cuartillas de papel manila) lo invertía con severo empecinamiento
en las abandonadas aulas granjeñas: “He tomado mi obligación,
o si se quiere la ´alta misión` que me incumbe de crear ´ciudadanos
útiles, educándoles e instruyéndoles` -escribía a su novia- he
tomado eso, digo, un poco más en serio que los demás compañeros,
y a ella me entrego de corazón. Los chicos, que, aunque sin una
razón capaz de discernir, se dan cuenta de todo, dicen (los que
yo tengo, claro, que son los del tercer grado) que tienen un buen
maestro y se muestran contentos. Yo lo sé porque mandé llamar
a los familiares de mis alumnos para ponerme en contacto con ellos,
conocerlos, charlar de sus niños, saber el caso de cada cual,
a la par que en el curso de la entrevista les hacía ver yo la
importancia y trascendencia que para el porvenir de esos niños
tiene la Escuela. El maestro tiene que buscar la cooperación de
los padres, para, en compañía, realizar la obra educadora. Aquí
no saben de eso; no lo comprenden. Nunca le han hablado en tales
términos. Y se admiran.”
Era aquel el ethos
profesional heredado de su padre, el jefe de Correos Luis Pérez
Hernández, quien a su vez había sido ahormado por su tutor en
las austeras formas del republicanismo decimonónico. Aquél tutor
-un “santo laico”- guarda, en el retrato al carboncillo que de
él se conserva, un asombroso parecido físico con don Nicolás Salmerón,
trasunto quizá de esa otra afinidad moral. Y toda aquella herencia
y tradición reformista, firme y casi ingenuamente asentada sobre
una fe inquebrantable en la capacidad redentora de la educación,
intentó llevarla a la práctica don Fernando durante su largo magisterio
en Santa Marta. Saben así sus habitantes de excursiones escolares
al teatro de Mérida, a los dólmenes cercanos, a la presa romana
conocida en el pueblo por “El paredón”... Saben también de aquellas
campañas de animación a la lectura y de la biblioteca ambulante
que promovió o de las representaciones teatrales que fueron ocasión
reveladora de alguna que otra vocación escénica (según recuerda
el dramaturgo extremeño Francisco Suárez de su primer contacto
con el teatro, la adaptación del episodio quijotesco del Clavileño
realizada por don Fernando para una función escolar). Alguno evoca
también desde los laboratorios del Consejo cómo nació su vocación
científica dentro de aquella aula pueblerina, mientras ayudaba
a formar estupendas colecciones de minerales, insectos o plantas.
Hay también quien exhibe con orgullo ante sus hijos los primorosos
cuadernos de rotación, con increíbles dibujos que ilustran los
ejercicios de historia o de literatura... Otros, en fin, cuentan
emocionados una anécdota expresiva de su educación sentimental
y ética en el libro Corazón, lectura predilecta en aquella
escuela. Fue cierto día en el que murió en Santa Marta un hombre
todavía joven a quien sus condiscípulos apodaban Garrone,
uno de los personajes del libro. Al llegar el maestro a la casa
del duelo uno de los antiguos discípulos lo recibió diciéndole:
“Don Fernando, se nos ha muerto Garrone”. Y al día siguiente,
evocando la escena, el maestro escribió en el ABC uno de
sus más emotivos artículos: “Cuore”.
No
podía pasar desapercibida esta labor pedagógica, completada con
la de alfabetización de adultos, el fomento de una biblioteca
–cristalizada años después en la Biblioteca Municipal “Pedro de
Lorenzo”- o las gestiones para la consecución de un Colegio Libre
Adoptado que “las fuerzas vivas” de la localidad no vieron ni
apoyaron con idéntico entusiasmo. De manera que poco a poco comenzaron
a llegarle al maestro felicitaciones de la Dirección General del
Libro y del Servicio Nacional de Lectura; premios por su dedicación
al censo y alfabetización de adultos; o sucesivos “Votos de gracia”
de la Inspección Provincial que habrían de hallar su culminación
en la concesión del más preciado reconocimiento que un maestro
podría recibir: La Gran Cruz e ingreso en la Orden de Alfonso
X el Sabio.
Para entonces Fernando
Pérez Marqués ejercía ya en Badajoz, mas no por ello se había
desvinculado de Santa Marta en donde había nacido otra de sus
devociones: la agricultura. Y es que la huella del ideal virgiliano,
latente desde antiguo en el maestro, había tomado pronto la forma
de un homenaje a su novia: “Ya veo que Juan Soldado –le decía
ella en una de sus cartas- en el tiempo que hace que no me hablas
de él, se está haciendo un verdadero campesino. Como de todo le
gusta saber también querrá aprender las esencias del campo, que
aunque vulgares, no son tan sencillas”. Carta tras carta la novia
–hija de agricultores, enamorada del campo- le iba hablando de
la siega, las tormentas, los precios bajísimos del trigo y la
cebada, de manera que al instalarse definitivamente en Santa Marta
el maestro ya sabía que el mundo de la agricultura nada tenía
que ver con los sueños de la Arcadia. Esa misma preocupación por
el bienestar social y la precaria economía campesina de los años
50, le impulsaría también a fundar con unos cuantos convecinos
la hoy próspera cooperativa agrícola “Santa Marta Virgen”, en
la que habría de alternar durante largos años los cargos electos
de secretario e interventor de cuentas. Y fue precisamente su
sensibilidad literaria la que concibió para los vinos de la localidad
la rotunda denominación Blasón del Turra, a fin de que
el pequeño campesino (denominado “turra” en la zona) sintiera
el fruto de su honesta labor como su orgullo y su “blasón”.
Se comprende así que el pueblo
de Santa Marta, encabezado unánimemente por la Corporación Local,
lo nombrara en 1993 “Hijo Adoptivo” de Santa Marta. Así fue y
así se recuerda a don Fernando, el maestro:
El
aula es rectangular, con más frente que fondo, iluminada por un
balcón que da a la calle principal, sobre la fachada del casino
“Círculo Cascorro”, y el complemento de una claridad verdosa que
se derrama desde la claraboya abierta en la alta techumbre de
madera. Cuando llueve con fuerza –lo que no era infrecuente en
los lluviosos años cincuenta- se hace necesario apartar algunos
bancos para que las goteras no interrumpan el normal desarrollo
de las actividades escolares.
El maestro, un hombre menudo, gasta
bigote recortado y protege su modesto traje oscuro con un extraño
guardapolvo gris. Va escribiendo en el encerado las tareas de
la jornada: sesión de la mañana, sesión de la tarde... Escribe
con primorosa caligrafía y se expresa con una corrección desusada,
casi anacrónica.
Hay
a la derecha de un armario en el que se ordenan cronológicamente
las piezas arqueológicas que los alumnos han ido trayendo a lo
largo de los años. En su mayoría fueron encontradas por sus padres
cuando realizaban alguna faena agrícola: hachas de piedra tallada
o pulimentada, puntas de sílex, ajorcas y broches de bronce, monedas
y trozos de mosaicos procedentes de las villas romanas del contorno.
A la izquierda se alinean los libros de una modesta biblioteca
escolar. Se ven varios ejemplares del libro Corazón, de
Edmundo de Amicis. Los alumnos que no han podido comprarlo se
sirven de ellos durante las sesiones de lectura en voz alta. Hay
también un lote de libros nuevos y vistosos: el fondo de las “bibliotecas
circulantes” que periódicamente envía el Ministerio a los maestros
que lo solicitan.
Al fondo del aula cuelga una repisa
larga, de pino sin desbastar, sobre la que se alinea, en frascos
de cristal de variados tamaños, un pequeño bestiario. Culebras,
lagartos, alacranes, murciélagos, ratoncillos, tarántulas o ciempiés
que los chicos han ido capturando en sucesivas excursiones escolares
por La Calera, El Risco o El Molinito, y que ahora se exhiben
con la correspondiente descripción taxonómica rotulada en tintas
de colores.
El maestro ha inculcado a sus discípulos
el gusto por la rotulación y el dibujo y los escolares guardan
en frasquitos de penicilina unas tintas que fabrican ellos mismos
con pigmentos y anilinas. Están todas en un casillero, al fondo
a la izquierda, protegidas en cajas de hilaturas que han ido a
pedir al comercio de Catena. Luego, con una plumilla irán trazando
los títulos de sus tareas escolares: Ejercicio de dictado, Cordillera
Penibética, La Reconquista, Días de la madre, Día del Caudillo...
En la mesa del maestro brilla una
pulida vara de avellano, herramienta preceptiva en la pedagogía
de la época, y detrás la trinidad obligada en todas las escuelas
de España: José Antonio, el crucifijo y el Generalísimo Francisco
Franco. Más abajo, cuidadosamente enmarcada por el maestro, luce
la carta que un célebre escritor ha enviado respondiendo a la
felicitación que los alumnos le han cursado con motivo de su ochenta
cumpleaños. Dice así:
|
Alegoría en
la escuela
Agradezco
infinito este jardín de flores tempranas que se me envía.
Honra a quien lo cultiva. No pienso en el laurel, que tiene
hojas perennes. Y este jardín ha de cumplir la ley imperativa
de la vida: ha de renovarse.
Abrazos a todos.
Azorín |
II
UN CABALLERO INACTUAL
[El
escritor]
Fernando
Pérez Marqués nació en San Vicente de Alcántara (Badajoz) el año
1919. Sin embargo es muy posible que su destino como escritor
quedase trazado muchos años antes cuando una bala cambió el curso
vital de su abuelo Higinio Marqués, obligando a quien por hacienda
y tradición hubiese debido dedicarse a la labranza, a bregar desde
ese momento con la pluma y despachar correspondencia o asentar
números en los libros de cuenta y razón de una fábrica corchera.
Un primo suyo, empleado en la firma inglesa de los Bucknall había
salido una mañana al balcón de la oficina, atraído por el clamor
que suscitaba la partida de una cuerda de presos detenidos días
antes en el curso de una revuelta popular. Corrían los años de
la revolución de 1868 y el oficial que comandaba la fuerza, descompuesto
por la dramática situación, creyó ver un gesto enemigo en quien
en ese momento se asomaba al balcón, y ordenó disparar. Higinio
Marqués tendría luego la singular ocurrencia de dejar constancia
escrita de su versión de estos hechos, redactando nota autobiográfica
por la que sabemos que su primo había salido al balcón “sin otra
arma que su pluma” y con ella caería abatido por los disparos.
Y fue así que no habiendo pariente próximo más capacitado para
las tareas de administración y despacho fue él, Higinio, el destinado
a relevar aquella pluma en la oficina de la casa Bucknall.
Precisamente
de la mano de aquel autodidacta llegó la literatura a la casa
familiar de Fernando Pérez Marqués, puesto que fue el abuelo Higinio
quien compró los libros y revistas ilustradas que constituyen
el fondo más antiguo de su biblioteca, y el primero también que
se esmeró por enlazar con precisión y estilo ideas y palabras.
Muchos años después cuando la hija única de Higinio, Antoliana
Marqués, comenzara a leer con íntima delectación los primeros
artículos literarios de su hijo Fernando y escuchase elogios de
su estilo, pronunciaría una frase memorable que resume todo ese
orgullo de quien descubre en el hijo las íntimas habilidades que
cultivó su padre: “Hijo mío, no lo hurtas, que lo heredas”. Aquella
vivaz e inteligente sanvicenteña, aquella mujer que pugnó sin
éxito por cursar estudios de magisterio y que recibía en las cartas
paternas la recomendación del leer sin descanso “porque una señorita
sin instrucción es bien poca cosa”, aquella mujer maravillosa
que fue Antoliana también sería la que sembró en el corazón de
Fernando Pérez Marqués una vocación literaria que delata la huella
alcantarina de su origen. Porque, significativamente, sería un
artículo titulado “Ante el altar de los caballeros de Alcántara”
el primero que dio a la estampa en 1942. Fue enviado a una revista
madrileña, la revista Tajo, que reservaba una sección para
los escritores noveles, pero -¡grata sorpresa!- los redactores
lo incluyeron junto a las firmas de los escritores consagrados.
A partir de entonces el diario Hoy, durante largos años,
y el ABC de Madrid, en la última y penúltima etapas de
su vida, acogieron los mejores trabajos de creación de Fernando
Pérez Marqués.
Porque, en efecto,
su obra se halla repartida en su gran mayoría por páginas infinitas
de diarios y revistas, que la hacen difícilmente abarcable incluso
para quienes siguieron muy de cerca su desarrollo. Y es posiblemente
esta fidelidad obstinada para con un género como el artículo periodístico,
la que hará muy pronto de este autor, si nadie lo remedia, uno
de esos clásicos olvidados, de esos escritores cuyas secretas
voces sólo alcanzan a ser escuchadas por los zahoríes literarios
o los espíritus afines de las generaciones venideras.
¿Por
qué esa insistencia en una modalidad expresiva, la del artículo
literario, tenido por menor? No era desde luego síntoma de incapacidad
para el discurso sostenido, para empresas literarias de mayor
envergadura. Tampoco era pereza, sino delectación y amor por un
género del cual extraía él mismo como lector las mayores cuotas
de placer intelectual. Prueba de ello es la ingente cantidad de
recortes de prensa con artículos literarios que fue coleccionando
a lo largo de su vida. Espacio textual, por lo demás, muy acorde
con su gusto por la simplicidad, con su azoriniana afición a los
“primores de lo vulgar”. El artículo literario, la columna periodística,
daba la medida justa de su estilo: de ese ejercicio que busca
quebrar las resistencias del lenguaje para iluminar las cualidades
ocultas de las cosas pequeñas, de los oficios vulgares, de los
objetos y nombres olvidados. Nada es trivial, nada tomado de su
mano, resulta una bagatela.
Pero
tuvo, claro es, sus géneros y temas preferidos, y entre ellos
uno: las crónicas viajeras. Como hombre sedentario, fueron los
suyos viajes sin salir de su gabinete, rutas cautivas en la letra
impresa. A fin de cuentas, “nadie ha viajado nunca: nadie ha salido
nunca de la geografía de sí mismo”, según dijo José Carlos Llop.
Buscó, sin embargo, la propia identidad en el paisaje de su tierra
extremeña. Pocos como él atisbaron los valores literarios de un
espacio geográfico tan parco y entrañable como el extremeño: también
en esto las afinidades de su espíritu azoriniano alumbraron y
guiaron los derroteros de la pluma. Viajó poco, pero anduvo mucho:
fue el suyo ojo escrutador de la naturaleza íntima del terruño.
Muchas veces dilató la mirada por campos y pueblos extremeños
hasta descubrir su esencia adormecida. El resultado es ese fino
y sutil retrato del paisaje y el paisanaje que fue dando a sus
fieles lectores en la serie de entregas que tituló “Postales de
andar extremeño”. Aparecidas en su mayoría en el diario Hoy,
alguna también en el Extremadura, y otras en el ABC
de Madrid, fueron luego algunas de ellas recopiladas con emotivo
prólogo de Santiago Castelo en un libro póstumo.
La progresiva revalorización
de la historia como creación literaria y el declive creciente
del cuantitativismo, le animó a probar suerte en este género.
Su creciente interés por los trabajos de Caro Baroja o por la
historia de las mentalidades y de la vida cotidiana, le llevaron
a trazarse un riguroso plan de investigación cuya meta era la
reconstrucción histórica de un espacio humano muy definido y querido:
el de Santa Marta. Miles de papeletas sobre demografía, folclore,
urbanismo, toponímia, epigrafía y un sinfín de documentos gráficos,
citas y referencias literarias sobre la villa de Santa Marta habían
sido colectadas por él en los últimos años y aguardaban una inmediata
redacción que apenas alcanzó a iniciar.
Otros
temas de inspiración literaria le fueron suministrados por su
trabajo docente y también por las obligaciones contraídas al hacerse
cargo de la explotación de unos predios familiares heredados por
su mujer. La escuela, particularmente la escuela rural, está muy
presente en su obra, como también lo está su otro gran amor: la
agricultura. Responsabilidad sobrevenida, sí, pero no por ello
ajena a su mundo imaginario, fue por ello fuente de inspiración
y aprendizaje: una veta virgiliana discurre por toda su obra.
Las
grandes obras pueden esperar. Tal parecía ser la divisa del escritor.
Sólo que la muerte no aguardó a que terminase de reunir los múltiples
artículos que fue publicando aquí y allá, como apuntes y borradores
de esa cartografía del mundo propio que todo escritor tiene, y
que él no alcanzó a concluir. Dos libros tenía en el telar -así
le gustaba decir- que hubiese consolidado su nombre en el panorama
de las letras extremeñas: Abolengo literario del Guadiana y
la Historia de la villa de Santa Marta. Dos itinerarios
personales que habrían conducido al lector por los vestigios de
la memoria documental y literaria de dos espacios –el río Guadiana,
el pueblo de Santa Marta- que le fueron muy queridos. Dos ensayos
que hubiesen venido a prolongar los que por fortuna, ya casi al
final de su vida, se decidió a componer y a dar a la estampa:
De Extremadura. Cuatro esquinas de atención (Badajoz, Institución
cultural “Pedro de Valencia”, 1980); El alcornoque y el corcho
(conjuntamente con Celestina Pérez González, Badajoz, ICE-Universidad
de Extremadura, 1982, reeditado por la Asociación Cultural “Vicente
Rollano”, 1996); Espejo literario de Extremadura (Badajoz,
Diputación Provincial, 1992), a los que vino a sumarse, muerto
ya el escritor, sus Postales de andar extremeño (Badajoz,
Caja de Badajoz, 1995).
Se ha dicho muchas veces
que “el estilo es el hombre”, pero esta afirmación tópica se torna
referencia obligada cuando nos acercamos a las páginas de este
autor extremeño. La contenida emotividad de sus textos, labrados
con sobriedad exquisita y destreza artesana, son reflejo inequívoco
de esa peculiar distinción que sólo hallamos en personas rigurosas
y sinceramente modestas. La poética de Pérez Marqués nace de una
especie de “franciscanismo laico”, de sencillez depurada y primordial,
que fue para él regla de estilo y ethos personal. Su ritmo
literario, el uso frecuente de diminutivos, la adjetivación minuciosa
con que matizaba su prosa, los rasgos en suma de su estilo, han
de verse ante todo como expresión literaria de un íntimo pudor
y ascetismo personal.
Hay también, por supuesto, influjos literarios, amigos
y maestros que asoman con franqueza a sus páginas. Pocos, casi
ninguno, de su generación literaria. ¿Por qué? Difícil es saberlo.
Quizá porque en su juventud, en los largos años en que España
vivió sembrada de escombros y rencores, este “caballero inactual”
se recluyó en el único mundo con el que verdaderamente se sentía
afín y solidario: los clásicos, la generación del 98, Ortega,
Marañón, y quizá también Dors y Salaverría. Azorín –ya se ha dicho
muchas veces- fue una presencia permanente a lo largo de toda
la obra literaria de Pérez Marqués, una lectura acusada y confesada.
Pero también algo más: una de esas afinidades electivas que transcienden
lo puramente artístico y a las que hay que buscar claves existenciales
más profundas.
Pueden
hallarse en sus textos otras influencias más conceptuales. En
primer lugar, ya se ha dicho, los clásicos: Cervantes, Gracián,
Saavedra Fajardo... Pero también hay influjos de autores del propio
solar extremeño: López Prudencio, Arturo Gazul, Enrique Segura,
Pedro de Lorenzo... Están asimismo presentes, y es difícil quizá
enumerarlos, esos otros maestros, viejos maestros del castellano
que hoy casi nadie lee y en cuyas olvidadas páginas Pérez Marqués
fue espigando esas menciones pasajeras, esos juicios atinados
o erróneos que componen el cuaderno casi póstumo de lecturas que
alcanzó a titular Espejo literario de Extremadura.
NOTA
“Azorín
en Santa Marta” es el título del capítulo que Pedro de Lorenzo
dedicó a Fernando Pérez Marqués en su Libro de gracias,
volumen gratulatorio con el que puso colofón a su obra unos meses
antes de morir. Los dos escritores habrían celebrado este préstamo
literario. “Alegoría en la escuela” y “Un caballero inactual”
son marbetes literalmente azorinianos, el segundo de ellos encabeza
un texto escrito por encargo de Ángel Campos Pámpano para una
historia de San Vicente y fue leído por Fernando Tomás Pérez,
hijo mayor del autor, en el homenaje que le rindiese en su pueblo
la Asociación Vicente Rollano. El texto en cursiva que toma el
título de “Alegoría en la Escuela” fue concebido para leerse el
día en que se descubrió una lápida dando nombre a la calle de
Santa Marta en la que Fernando Pérez Marqués vivió más media vida.
No hubo entonces ocasión ni ánimo. Los dos últimos lugares en
los que residió y ejerció su carrera profesional (Santa Marta
y Badajoz) quisieron dejar constancia de gratitud y en las calles
que llevan su nombre lucen sus méritos por este orden: “maestro
y escritor”. Este es también el orden elegido para estos apuntes
biográficos compuestos por sus hijos Isabel Mª y Fernando Tomás
Pérez González y que es también en parte espejo de sus vidas:
“Espejo deformado quizá, pero arroyo transparente en el que nos
miramos”.