AUDAZ ESTRATAGEMA
[Revista de Feria de Santa Marta de los Barros, 1993]

La Guerra de la Independencia fue una explosión de ira nacional, una guerra total, una guerra con grandes batallas, pequeñas acciones bélicas y actos aislados, individuales. Los anales recogen con todo detalle los movimientos masivos de los grandes ejércitos y la mínimas actuaciones de las partidas y destacamentos, el ir y venir de los más destacados personajes y de los políticos impulsados de fervor patriótico; no recogen, sin embargo, ni pueden recoger, los esfuerzos personales de los anónimos y humildes ciudadanos, de los ignotos paisanos. Y hubo, sin duda, en aquella campaña general de toda España contra el invasor, un gran número de actos heroicos, admirables, en que los españoles se jugaban la vida por sacudirse el yugo extranjero. De ello existen en los fondos documentales que datan de aquella época y en las recatadas gavetas en que las viejas familias linajudas guardan sus recuerdos de estirpe, antiguos relatos, hojas de servicios, certificaciones de actos patrióticos, que recogen muchas de estas peripecias.

Y ahora queremos traer aquí a colación, en leve y eventual comentario, uno de esos hechos individuales, una de esas actuaciones particulares que revelan la arriesgada aportación de muchos héroes anónimos al triunfo contra el invasor. Los pueblos extremeños tuvieron, naturalmente, con sus vidas y con sus bienes, una participación muy activa en la contienda, no quedando Santa Marta a la zaga, cuyo vecindario estaba encendido de ardor patriótico.

Profundo, intenso, era, por ejemplo, el que inflamaba el pecho del vecino don Antolín Neila; era este señor factor de Reales Provisiones y algo hacendado; en su casa, ancha, vasta, se había venido haciendo el despacho y contaduría de dichas provisiones, y en el año 1810, cuando los franceses, distribuidos por los pueblos de esta comarca, recalaron por segunda vez en esta localidad, tomaron para su servicio y aposento cuanto necesitaron en la mansión de Neila. Fue entonces cuando, en el mes de febrero, con ocasión de desempeñar una comisión delicada que le ordenara el marqués de la Romana, cayó en poder del enemigo el teniente coronel español don Mariano Ricafort, y lo aprisionaron en la casa de don Antolín. Era Ricafort militar de alta graduación y pieza interesante en el ejército que operaba por estas tierras; los franceses lo sabían y lo pusieron a buen recaudo, estableciendo guardia permanente.

Don Antolín Neila, patriota decidido, patriota ejemplar, tuvo con tal motivo una gran incertidumbre, un enorme desasosiego; temía que aquel prestigioso militar que está prisionero bajo el techo de su propia casa fuera víctima de la inexorable y cruel ley marcial; temía por su vida. Sólo él-pensaba para sí el señor Neila- podía intentar algo en su favor; acaso con algún ardid, con alguna estratagema, consiguiera su liberación. Y con este pensamiento obsesivo en el magín, puso manos a la obra...

Los soldados franceses, que han ido y han venido por un país en guerra, por un país empobrecido, esquilmado, por un país que oculta cuanto puede para que no caiga en manos del invasor, no están, ni mucho menos, lo que se dice bien alimentados, satisfechos, y agradecen los presentes, los agasajos que los temerosos vecinos le hacen, con el fin de sufrir el menor daño posible. Y a éstos de la guardia puesta al teniente coronel, las rodajas de suculento chorizo, las lonjas de lomo salidas de no se sabe dónde, que les ofrece gentilmente don Antolín, le agradan y confortan en extremo, y el vinillo cálido, oloroso, obtenido en los majuelos de las Viñas Viejas, enardece la sangre y pone un punto de optimismo, de alegre inconsciencia, en el ánimo de los combatientes, que a veces se ve deprimido, que a veces se ve entristecido por esta fatigosa campaña absurda, injusta, en que se hallan sumidos. Una grata displicencia los ha ido dominando; no tienen ganas de moverse, de actuar, de vigilar. Sólo reclinar la cabeza, sólo dormir y gozar, en suave dejadez, de tan apacible y laboriosa digestión. Después...

Después, ya podéis figuraros, don Mariano Ricafort, habilidosamente disfrazado de pastor, atraviesa las líneas enemigas y se incorpora a su puesto. Y años más tarde –en mayo de 1812, en que expide certificación de este hecho-, es gobernador político y militar de Badajoz, y después, en 1832, capitán general de la Habana.

¿Y don Antolín Neila? ¿Qué fue de don Antolín Neila? Don Antolín estuvo en un tris de ser fusilado; saquearon su vivienda, le injuriaron, le abofetearon; el propio comandante francés de la plaza, un coronel de dragones, indignado por la connivencia, la emprendió a golpes con él. Pero tuvo, no obstante mucha suerte, porque otro vecino, valiéndose del general francés, conde de Gazán, alcanzó del mariscal Mortier, duque de Treviso, la orden de libertad.